miércoles, 26 de noviembre de 2014

Relativizar la vida

Relativizar la vida
Ps. Paula F. Lucero - Mat. 5409
"Es de mis analizantes que yo aprendo todo,
Muerte y Vida. Gustav Klimt
que yo aprendo lo que es el psicoanálisis".
J. Lacan (1975)

Interrogantes de la práctica y práctica de los interrogantes
Aunque el tema del suicidio es un tema muy investigado, tiene resonancias personales que la escritura me permite desplegar.
Más allá del propio análisis en donde la pregunta ¿por qué alguien se mata? cabo sus metonimias y metáforas, el ejercicio de la escritura funcionó como recurso para pensar y recortar fragmentos de la clínica, e incluso para invertir el interrogante inicial convirtiéndolo en otra pregunta: ¿Por qué alguien no se mata?.
Entiendo que el análisis personal y la supervisión corresponden a una práctica de los interrogantes, en la medida en que se trata de espacios de apertura en donde aparecen preguntas y uno se implica en ellas. En un segundo momento, es posible situar los interrogantes de la práctica por medio de la escritura. Ejercicio arduo, a veces tormentoso, a veces romántico. Escritura que siempre conserva el gusto dulce o amargo de la implicación del escritor. Responsabilidad del autor por darle un estatuto real, de letra, a lo simbólico e imaginario de los interrogantes; y compromiso con el otro de la lectura que siempre leerá otra cosa de lo que fue escrito.
En este sentido, la escritura del analista representa un cierre (en términos de empalme y no de clausura) a la pregunta que tuvo su origen en un cortocircuito entre el discurso del analizante y lo inconsciente del analista.
El tema del suicidio venía apareciendo en el discurso de mis pacientes. Sea como un acto consumado de algún ser querido o bien como fantasía antigua o presente del sujeto.
La clínica de las anorexias y bulimias me ha convocado mayormente, y el “discurso anoréxico-bulímico” (M. Recalcati) trae siempre aparejado el fantasma de la propia muerte como un empuje del cual el sujeto no se puede liberar.
Sin embargo, había pacientes con otros planteos que también traían esa intención de “me quise matar” que tenía para ellos un valor de acontecimiento, “un cambio de agujas en el destino” como diría Lacan a propósito de la bofetada que le diera Dora al Sr. K.
Aquellos que habían tenido un acercamiento a la propia muerte como idea o tentativa, dejaban entrever que el disparador había sido un motivo trivial a primera vista. Se habían querido matar por “el infortunio común”, por el mismo apremio de la vida. Cierto malestar se había tornado insoportable.
Dicha inferencia despertó en mí el interés por encontrar una respuesta a la pregunta por las causas. Casi de inmediato pude leer los obstáculos que surgían respecto al tema, pero sobre todo un obstáculo fundamental que no era ajeno a mi práctica: mi necesidad de generalizar lo singular, e incluso mi resistencia a incorporar una verdad estructural.

La demanda de Felicidad y su naufragio
En El Malestar en la cultura, Freud plantea una cuestión de suma importancia: la vida nos resulta gravosa y no se puede prescindir de calmantes, se infiere así que la felicidad no está en los planes de la creación.
Tal como sostiene Lacan (1), el analizante siempre demanda la felicidad. Ser feliz implica por lo general tenerlo todo, salud, dinero y amor como afirma el dicho popular. Desde el discurso religioso se promueve la creencia de que existe una felicidad eterna en el más allá; pero ¿una vida sin cuerpo es vida?. Al respecto Lacan dice “…no sabemos que es estar vivo a no ser por esto, que un cuerpo es algo que se goza”(2).
Aunque la felicidad como estado continuo es un imposible, aún vivimos con un cuerpo que se une a la palabra, cuerpo que presta el escenario no solo para el goce sino también para que el amor de sus señales.
El sufrimiento, placer paradójico al decir de Freud, es el precio a pagar cuando se persigue el más allá del placer: una beatitud silenciosa e inmóvil, una tranquilidad o apaciguamiento de las excitaciones, pero sin cuerpo.
Se trataría de esta paz con la que el neurótico fantasea: “¡lo único que quiero es paz!”, grita en su queja. No hay paz absoluta y perdurable si se conserva la vida, del mismo modo que no hay vida pacífica si uno muere.
De todos los peligros que presenta la vida, las relaciones amorosas ocupan el primer plano. El amor se aúna con la idea de felicidad en la medida en que es pensado como posibilidad de completud.
Es interesante el giro que produce Lacan en el año ´72 respecto a las razones por las cuales la felicidad sin fisuras es un imposible. Comienza a distribuir las posiciones de hombre y mujer de acuerdo a los cuantores que hacen argumento a la función fálica como un todo o un no todo.
Afirma que no hay relación sexual al modo de una complementariedad llave/cerradura. Por esta razón, la inserción del sujeto en el discurso es pensada en torno a la función del falo simbólico. ¿Que hace el sujeto con ese real?, ¿cómo se las arregla con la existencia de una no relación sexual?.
En consonancia con la diferencia irreductible entre masculino y femenino, Lacan dice “la esencia del objeto es fallar”. El fracaso, la contingencia en todo encuentro amoroso pone en juego la estructura en la medida en que si un amor es en serio, reactualiza la castración y hace patente la posibilidad de pérdida.
A falta de relación sexual, hay el amor. Entre el hombre y la mujer hay el a-muro va a decir Lacan. Se trata de se escollo que se interpone entre los dos, el “a” como resto y causa de deseo.
En estas ocasiones en donde el amor o la falta de amor llevaba a la idea de muerte (3), la posición del sujeto respecto a su partenaire aparece en el discurso mismo, pudiendo establecerse dos posturas: la completud es un anhelo y una fantasía; o bien la completud es una certeza que se ubica en el centro de la vida del sujeto.
Al despejar lo fenomenológico del síntoma, adviene en la mayoría de los casos un malestar que puede escribirse como “penas de amor”. Uno pena por amor a los padres, a la pareja, al hijo, al ideal no alcanzado.
La felicidad amorosa en tanto demanda puede pensarse como la búsqueda de una unión sin fallas, una fusión en donde de dos se haría uno.

Ficción y Estructura: El héroe enamorado
Decimos entonces que la felicidad amorosa entendida como una transgresión matemática en donde dos harían uno, si existiese, llevaría a la aniquilación.
En el seminario El acto analítico, Lacan hace alusión a la tragedia y su analogía con la estructura. La tragedia se instala como ficción organizadora de lo simbólico. Ficción novelesca e historia de amor, el Complejo de Edipo plantea la conflictiva fundamental de todo amante: ¿conservación del objeto sexual prohibido o conservación del propio cuerpo?. El sabio de Freud contesta rápidamente que la mayoría de las veces gana el narcisismo y el niño asume su propia castración (como riesgo o hecho consumado) retirándose de la escena.
La mayoría de las veces, no todas.
Veamos cómo define Aristóteles a la tragedia: “Una tragedia, en consecuencia, es la imitación de una acción elevada y también, por tener magnitud, completa en sí misma; enriquecida en el lenguaje, con adornos artísticos adecuados para las
diversas partes de la obra, presentada en forma dramática, no como narración, sino con incidentes que excitan piedad y temor, mediante los cuales realizan la catarsis de tales emociones”(4). Rescato estos puntos: acción elevada y completa, de presentación dramática que figura una catarsis de emociones.
El acto suicida es un acto trágico desprovisto de ficción. En vez de funcionar como historia en donde el sujeto se aloja, en el acto de “darse muerte” el sujeto se sale de la escena. Sabemos que el parletre nunca es dueño de su acto más que retrospectivamente, todo acto encierra un fracaso excepto el acto suicida dirá Lacan. Allí no hay tiempo para la remisión significante que instala al acto (el que sea) como tal.
En su actuación final, el ser hablante se convierte en hablado. Es silenciado y vaciado de toda emoción. Aquel que se mata por amor deviene en héroe enamorado por encarnar su drama y llevarlo hasta las últimas consecuencias. En su acto, el héroe dice que no hay nada más allá de ese objeto de amor, o bien que con el objeto había todo y sin el objeto hay nada.
Respecto al héroe, Lacan dice: “…el héroe, cualquiera de ellos que se embarca solo en el acto, está destinado a ese destino de no ser al fin más que deshecho de su propia empresa”(5). En su prueba de amor, el héroe termina desechado.
Los recursos para “arreglárselas” con las penas de amor dependen entonces de las posibilidades de cada uno. Si se trata de un amor vivo (posibilidad de completud a nivel fantasmático) podemos pensar que hay más chances de que el sujeto pueda sustituir el objeto, tal como sostiene Freud a propósito del duelo normal. En el caso de un amor muerto (6) (certeza de fusión a nivel real), junto con ese objeto esencial que se va, se pierde el sujeto.
Ante la pérdida del objeto amado, objeto fundamental en la vida de alguien, el sujeto puede elegir morir o bien encontrar un drenaje al dolor por medio de la sublimación.
Esta posición “heroica” es descrita por Freud destacando una desacreditación de la muerte en la medida de que nada pulsional lleva a creer en ella (7).
El héroe enamorado no carece de vinculación con la feminidad entendida como posición que se relaciona con un goce místico, infinito e inexistente; goce supremo del ser, dirá Lacan. A este no todo de la feminidad debería anexarse el todo fálico de la masculinidad para hacer un balance. Al respecto, Silvia Amigo comenta “…para que su feminidad no sea locura mística, extravío continuo. Como se constata, tan no toda es la feminidad que tampoco puede ser toda feminidad” (8). LA mujer convoca a un goce sin borde que lleva a la desdicha o bien a una entrega definitiva y un viaje sin retorno hacia lo profundo del ser.


Una muerte en el horizonte
"Ninguno de nosotros vive para sí mismo,
 y ninguno para sí mismo muere".
S. Pablo, Epístola a los romanos

En algunos de mis analizantes, se hacía patente una pregunta existencial que no lograba anudarse con el símbolo, o más precisamente con la vida. Se trataba de un dolor a nivel del ser, ser siempre para Otro, esta pregunta proferida al Otro de los cuidados, del amor: ¿Qué me quieres?, ¿puedes perderme?, no obtuvo respuesta.
Lacan indaga acerca de esta pregunta por la existencia “¿que soy ahí?”, en el Otro, pregunta que remite siempre al sexo y su contingencia en el ser, es decir a la procreación y la muerte.
En el Seminario X, Lacan presenta una interesante versión del duelo. Solo se hace el duelo por aquel que nos ha otorgado un lugar en su falta.  Por otra parte, Lacan considera que la erótica no se reduce al acto sexual sino que incluye el duelo y su imposibilidad. El sujeto va a organizar su erótica en torno a este objeto que es el “a”, precisamente por tener este defecto en la estructura el amor es posible. Ante la pérdida de un objeto amado, surgirían las vías del duelo o la locura.
En sus historiales, Freud trabaja el tema de la muerte considerando al suicidio como un síntoma. Se infiere de su letra que alguien intenta matarse para obtener algo a cambio (en el caso de Dora) o bien para liberarse de un sufrimiento insoportable (la joven homosexual). Pensando al suicidio como un pasaje al acto, Lacan teoriza la situación como una caída al mundo. El sujeto pierde su posición y deviene objeto expulsado. Se produce una desvinculación del sujeto con la escena fantasmática y esto genera la sensación de falta de límites. Sin un sostén que enmarque e historice, se hace posible la precipitación, cuyo paradigma es el arrojarse por la ventana.
Allí, el sujeto se abandona, se entrega al mundo. Esto recuerda al sentimiento oceánico descrito por Freud, donde se experimenta la sensación de fusión con el todo.
Hablar de la muerte revela la esencia del goce fálico como bla, bla, bla, se diga lo que se diga, siempre se trata de una verdad recortada.
La muerte en el horizonte no necesariamente es la muerte del sujeto, puede ser la muerte de un nombre que anuda a la vida, a la existencia. Trátese de madre, padre, esposa, esposo, novia, gerente de compras, son nombres que sostienen. Podría decir que se ama este nombre, el sujeto se identifica con él y por este motivo lo hace existir. Ante la pérdida de un nombre con este valor, se revela su doble amarre: por un lado amarra al sujeto con un objeto esencial, y por otro lado amarra al sujeto con la cadena simbólica.
Por suerte o por desgracia, el nombre identifica pero no da una identidad absoluta, esta situación de pérdida es así una gracia a partir de la cual alguien puede nombrarse de otras formas o bien una desgracia que somete a un único y letal destino en donde, sin ese nombre, no hay existencia.
La multiplicidad de nombres posibles, revela que el ser del sujeto posee la mayor ambigüedad, por este motivo Lacan dice “…la pregunta por su existencia baña al sujeto, lo sostiene, lo invade, incluso lo desgarra por todas partes” (9).

Relativizar
Inicialmente la pregunta ¿por que alguien se mata? había despertado mi interés, pero hubo una inversión y un pasaje hacia ¿Por qué alguien no se mata?.
Había omitido la enseñanza de Lacan acerca de lo incalculable respecto al suicidio. Con la pregunta inicial, pretendía hallar una respuesta unívoca. Si bien no se puede generalizar acerca de las causas del suicidio bajo la égida de los conceptos, las vivencias determinadas, criterios estructurales o traumatismos específicos; algo se puede decir.
Se puede decir primeramente que la muerte es un real que inicia la vida. El suicidio no es la muerte (10) en la medida en que involucra siempre una fantasía de desaparición que antecede al acto suicida.
Planificación delirante o no, impulso anónimo o elección forzada, el suicidio revela un intento de escape y liberación de un Otro aplastaste. Otro simbólico defectuoso por carecer de su defecto fundamental: la falta.
Puede decirse que cuando alguien sueña con su desaparición definitiva como gesto último y emancipador, se sumerge en el mayor de los goces.
Lacan sitúa la tendencia suicida rescatando los conceptos freudianos de pulsión de muerte y masoquismo primordial, pero agrega que la muerte es experimentada como “miseria original” que corresponde al traumatismo del nacimiento. Dicha miseria acecha a todo ser humano y puede conducir a esas trampas del destino (11) que llevan a creer en una libertad que uno no posee. Por esto Lacan afirma que la idea de libertad absoluta lleva a la locura, y que el ser no es sin la locura como límite de su libertad. Cuando alguien comete su acto mortal a raíz de la pérdida de un amor podría pensarse que esa locura, ese extravío tenía sus antecedentes. Es común escuchar que la gente se suicida por tener un trastorno bipolar, depresivo, psicótico, etc. Pero los criterios psiquiátricos a veces sirven para preservarnos de una realidad humana de la que nada queremos saber: el ser humano es un loco en potencia.
Desde el momento en que somos hablante-seres, la locura está en germen. En aquellas situaciones donde el amor funciona como suplemento de la falta de relación sexual, también puede haber complicaciones produciéndose un estancamiento del trabajo del duelo, o un giro hacia la locura del ser.
A veces ocurre que los psicoanalistas ponemos especial reparo con las palabras, terminologías a utilizar, por temor a que se malentienda, por temor a ser confundidos con discursos a los que no pertenecemos. Pero algo hay que decir.
Hay que decir que nada obliga a vivir salvo el discurso en la medida en que hace lazo social, esto significa que cualquier persona puede darse muerte desde el momento en que el fantasma de la propia desaparición hace a la constitución misma del sujeto como deseante.
Pero el sujeto no queda en ese momento afanístico, para acceder al deseo precisamente debe encontrar un sentido. Un sentido, el que sea. Un sentido que sostenga, por más inconsistente que sea, hay un sentido que libera de la cárcel afanística en donde uno se ve compelido a preguntarle al otro si puede faltarle.
Esto es una prueba de amor, que puede ser superada o no.
Lacan va a decir que la entrada al juego de los significantes es como muerto pero solo en cuanto vivo se va a poder jugar.
Cuando Lacan sitúa en el caso Shreber su neologismo fundamental, el “asesinato de almas”, lo atribuye a “…un desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto” (12). Habría un sentido mortal que se instala primeramente en la estructura como un exterior que facilita el nacimiento de los símbolos, pero también hay un sentimiento de la vida que reduce el desamparo inaugural al facilitar conexiones con otros, es decir con la realidad.
Para concluir, el analista debe relativizar su pensamiento del mismo modo que el analizante debe relativizar su vida; ya que todo ser hablante tiene el “poder de retener o de inventar” (13).


Anexo
La voz a ti debida - Pedro Salinas
Versos 54 a 90

¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo;
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos, días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.

Notas
1-    J. Lacan. El Seminario VII. La ética del Psicoanálisis. Paidos. Bs. As. 1995.
2-    J. Lacan. El Seminario XX. Aún. Paidos. Bs. As. 1992
3-    Me refiero a los análisis que he conducido. A lo largo del escrito las  observaciones clínicas se limitan a dichos casos.
4-    Aristóteles. La Poética. Versión digital en http: www.uqr.es. Biblioteca Universidad de Granada.
5-    J. Lacan. El Acto Analítico. Inédito. Traducción de Silvia García Espil. Pag.95.
6-    J. Lacan. El seminario III. Las Psicosis. Paidos. Bs. As. 1984.
7-    S. Freud. “De guerra y muerte. Temas de actualidad”. O.C. Amorrortu Editores. T. XIV. Bs. As.1979.
8-    S. Amigo. Clínica de los Fracasos del Fantasma. Homo Sapiens. 1999. Pág. 214.
9-    J. Lacan. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis. Escritos II. Siglo XXI. Bs. As. 2008. Pág. 526.
10-  J. Jinkins. “La Interpretación Psicoanalítica del suicidio”. En Conjetural Revista Psicoanalítica N°10. Ediciones Sitio. Bs. As. Agosto 1986.
11-  J. Lacan. Acerca de la causalidad psíquica. Escritos I. Siglo XXI. Bs. As. 2008.
12-  J. Lacan. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis. Escritos II. Bs. As. 2008. Pág. 534.
13- J. Lacan. Función y campo de la palabra en el lenguaje y en el psicoanálisis. Escritos I. Siglo XXI. Bs. As. 2008. Pág. 258.




lunes, 24 de noviembre de 2014

Trabajo Final Curso Clínica de la Anorexia-Bulimia- 2014

CAMPO DE PSICOANÁLISIS. CLÍNICA DE LA ANOREXIA- BULIMIA
ANA Y MÍA, LAS DIOSAS DE LAS PRINCESAS”
Ps. Mariana Iriarte (MP 6937)
…”Antes no quería nada. Era la
negación en persona, la nada misma:
nada de comida, nada de deseos, nada de nada".
(Palabras de Cielo Latini. El tiempo, 2007)

Palabras interesantes son las que dan inicio a este escrito. Se trata de una cita de quien ha sido de gran reconocimiento social como lo es Cielo Latini, una referente que a través de su relato en su libro Abzurdah hace pública su historia, su anorexia. Y es de la mano de este testimonio que- casi a modo de excusa- comienzo estas letras, ya que de cierta manera es este personaje quien condensa varias cuestiones que intento desarrollar: la anorexia- bulimia como posición subjetiva, la cuestión de la nada como el rechazo al Otro, el goce en oposición al deseo, la muerte y la proliferación de múltiples ideas en el ámbito de las redes. Estas últimas se llenan de preguntas, sugerencias, ideales, mandatos a favor de la anorexia- bulimia. Sus protagonistas suelen llamarse princesas; y a través de Internet rinden culto a las referentes de “la perfección”, Ana y Mía, Diosas de la anorexia y la bulimia respectivamente.
Desde el psicoanálisis, estas problemáticas serían posiciones subjetivas y no enfermedades o Trastornos de la Conducta Alimentaria, como socialmente suelen nombrarse y reconocerse. Recalcati (2004) las agrupa en lo que llama Clínica del vacío, no poniendo el foco en el deseo inconciente del sujeto, la represión, el retorno de lo reprimido, el síntoma… sino centrándose en la consistencia narcisística del sujeto caracterizado por un vacío. ¿Vacío de qué? Se trata de una clínica del vacío y no de la falta, ya que justamente es la falta lo que falta. Y esto no es sin consecuencia alguna.
El vacío no hace alusión a una literalidad en relación al objeto comida, ya que no se trata de vacío de alimento en oposición a lo lleno. Sino vacío en el plano de lo simbólico, una no inscripción de una falta y una metáfora paterna débil. Estas patologías del amor, como las llama Recalcati, tienen como síntoma “comer nada” y “comer todo”. La primera; haciendo alusión a la anorexia, implica un rechazo del Otro, una maniobra subjetiva que viene a poner en falta a este Otro devorador, omnipotente. La anorexia seria el medio, algo dramático y extremo si se quiere, de encarnar la falta, esta falta que no se ha simbolizado. La segunda implica un rechazo en un segundo momento, a través del vómito que sigue al atracón.
La pasión por la nada, ese significante nada como representativo de ese sujeto, funcionaría como  medio para el rechazo del Otro, un modo de castrarlo; encarnando la falta de la cual nada sabe. El sujeto bulímico- anoréxico muestra la falta- en- ser. La nada es un medio para separarse del Otro asfixiante, de la papilla asfixiante de la madre que no necesariamente conlleva el signo de amor como se daría en el mejor de los casos. Esta falta- en– ser que encarna el sujeto es un modo caótico de enunciar al A “me puedes perder”, un modo de ponerlo en falta. Así, el vacío simbólico es degradado a vacío real.
Cuando Recalcati describe la posición del sujeto bulímico, describe un ritmo y oscilación entre llenar y vaciar. Una voracidad que busca reencontrar el objeto perdido y que, al no hacerse conduce al goce del vacío. Mientras que la anorexia rechaza al Otro de antemano. Se trata de un posicionamiento subjetivo que intenta castrar al Otro, quien es causa de su mal y a quien hará pagar convirtiéndose en esqueleto (Recalcati, 2004). Ambas se caracterizan por un vacío simbólico, por actuaciones, por un empuje al goce constante y un ideal extremo al cual se identifica el sujeto. Habría una función de pérdida y de corte que no opera en estos casos, tratándose de un cuerpo recortado por la pulsión y no por el significante, un cuerpo falo para una madre cocodrilo que no otorga significación fálica a este hijo que ocupa lugar de tapón a la falta de esta madre. Junto a ésta, habría un padre impotente que no porta ley alguna ni sustituye al deseo materno (Cascini, s/f). De accionar esta función paterna posibilitaría la prohibición y horror al incesto y ordenaría lo simbólico; interviniendo en la relación dual imaginaria madre- hijo y poniendo un freno al goce para alcanzarlo por una escala invertida que es la del deseo (Lacan, seminario IV, 1956- 57).
Siguiendo con los aportes de Lacan, es en 1938 en Los complejos familiares que expone sus primeras ideas al respecto. Asocia la anorexia mental a las toxicomanías y a las neurosis gástricas, y la considera como una fijación a la más precoz etapa oral de la libido, como rechazo del destete de la infancia que se vuelve a presentar regresivamente en el momento de la pubertad. De esta manera, introduce tempranamente un principio antievolutivo, llamado también "apetito de muerte”.
Si bien la anorexia- bulimia no es un fenómeno nuevo, lo novedoso aparece de la mano de las redes sociales y el lugar que le dan a estos nuevos síntomas haciendo del goce autístico un goce compartido aunque desde el anonimato y lo virtual. Son innumerables los blogs en los que Anas y Mías (así se hacen llamar anoréxicas y bulímicas), sugieren ideas, realizan carrera de kilos, brindan tips, realizan preguntas y hacen culto no de la enfermedad según ellas mismas dicen, sino de “la perfección”. Muchas páginas se han prohibido a lo largo del tiempo, sin embargo muchas otras son creadas junto a las que permanecen abiertas al público. Este fenómeno no es menor en el marco de una modernidad liquida como diría Z. Bauman o de una sociedad capitalista que como bien describe Lacan que intenta taponar la falta a partir de una pluralidad de objetos a consumir, llamados gadgets. Los productos de la tecno-ciencia se han insertado en las prácticas cotidianas del sujeto, han hecho parte de una cultura de bienestar como accesorios esenciales para la vida, haciendo que las actividades sean rápidas y efectivas, forcluyendo al sujeto. Estos objetos van y vienen, cada vez más especializados, más eficaces, más funcionales, creando en el sujeto fascinación por su aparente suficiencia, representando una ilusión de dominio y control sobre ellos por parte del sujeto. Se toman como objetos de placer, como objetos que sirven para aliviar el malestar del sujeto, o bien, para completar su vacío, ya que hacen creer que pueden proveer de felicidad plena. Sin embargo, aunque estos objetos propuestos por el mercado, intenten consolidarse como complemento del sujeto, y cobren con ello incidencia en sus vínculos, su objetivo parte de un imposible que decepciona (Carrero Moreno, 2011).
Ana y Mía aparecen como grandes Otros a los que se accede a través de estos gadgets, Diosas que vienen a poner orden a modo de imperativo superyoico, de mandato mortífero sobre la delgadez.

Ana opera como un Otro de lo religioso que inspira creencias y pretende gobernar al sujeto en su relación con el cuerpo: “Ana y Mía son caminos por los cuales se llega a la perfección- Ser Ana o Mía significa querer la perfección y amar el viaje hacia ella- La perfección es física, mental y espiritual”. Ana se propone en cierto modo como una diosa, una súper-mujer a la que deben seguir con sacrificios; el sacrificio del hambre y del cuerpo para que el sujeto se eleve a un estado de perfección. Se encuentra aquí una demanda que somete al sujeto; lo que importa es seguir a Ana, así el precio sea el castigo o la muerte (Carrero Moreno, 2011, p. 89).

Los blogs muestran mandamientos, credos, culpa, castigos, omnipotencia de Ana y Mía y las princesas son hermanas inclusive tal como la religión misma hace llamar a los cristianos en términos de lazo y de identificación. Se trata de un goce compartido y de una identificación al nivel del malestar.
Ana representa al Dios de la privación, un “no comerás” o mejor dicho un “comerás nada”, en tanto mandato e imperativo que toma fuerza en la masa virtual. Mía representa el goce del vómito, escena que representa el confesionario de una Princesa quien, de rodillas, expulsa el pecado que representa el atracón, la voracidad, el pasaje al acto de “comer todo”. Una y otra serían líderes imaginarios, una extensión virtual de un superyo exigente, sádico, sometedor, atrozmente crítico y castigador que abandona el papel de ángel guardián en tanto heredero del complejo de Edipo, para convertirse en un demonio y enemigo de la integridad del yo. Una y otra son salvación y verdugo diría Carrero Moreno, serían dos caras de una misma moneda en pos del vacío que, en términos religiosos, promueven el camino de la salvación. ¿Salvación de qué? ¿Salvación de quién? Del Otro, aunque lográndolo de manera fallida.

Ante el planteamiento que sitúa a la nada como elemento separador que el sujeto despliega para distanciarse del deseo del Otro y que actuaría de modo semejante a la estrategia de separación que interpone el sujeto en la histeria, lo encontrado en los decires de las jóvenes Pro Ana, merece interrogar hasta qué punto se da esa estrategia señalada, pues claramente, en estos sujetos se reconoce que a la vez que hay rechazo a recibir lo que el Otro le provee, y así lograr distanciamiento y separación del Otro, el sujeto se hace centro de sus miradas y pedidos, en tanto el Otro lo supervisa permanentemente y le demanda que coma, quedando más amarrado a él, constituyéndose entonces en un intento de separación y de límite fallidos: “Tendremos cien ojos cada vez que nos sentemos o no a la mesa y siempre nos vigilará aún más. Se aliarán personas que no hablan entre sí para cerciorarse de si en realidad has comido o no. Todo se irá contra ti”. (Carrero Moreno, 2011, p. 85).

La anorexia- bulimia, se presenta como un posicionamiento subjetivo caracterizado por goce de la imagen, del cuerpo, del vacío, de los huesos. Y esto se da a través de la materialización de la nada que se logra mediante la privación del objeto comida o la expulsión de la misma. Alcanzar esto viene muchas veces de la mano de rituales al modo de acciones obsesivas. El mismo Freud en 1907 equipara algo de lo obsesivo a las prácticas religiosas. En estas letras expone su tesis de que La neurosis es una religiosidad individual y la religión una neurosis obsesiva universal (Freud, 2013, p. 1342). En este escrito establece una serie de analogías entre la neurosis obsesiva y la religión, que bien pueden desplazarse a esto que condenso bajo la religión que profesan las princesas a través de las Diosas y referentes como lo son Ana y Mía. Lo que une a ambas cuestiones es la escrupulosidad, los rituales y ceremoniales, el sinsentido (aunque mediante análisis puede tenerlo plenamente), la culpa por no seguir ciertos mandatos y la renuncia a la actividad de instintos constitucionalmente dados.
De la mano de ceremoniales compartidos en las redes y a través de la proliferación de un significante amo como lo es la delgadez, puede que los diversos medios de Internet sirvan de cierta forma como soporte a la pregunta por la femeneidad, operen como medio de simbolización o de significantización. Yo diría que en la mayoría de los casos es una invitación a un goce pseudoautista, aunque quiero creer que puedan existir casos en los que la web ha servido para poner en palabras y elaborar algo de esto que padece y encarna el sujeto. El caso de Cielo Latini, que de cierta forma da inicio a este escrito, es paradigmático de ello. En pleno auge de su anorexia crea un foro llamado “Me como a mí”. De cierta forma pone en palabras algo de este goce que Recalcatti llama autista y es interesante el nombre que le da al espacio. Tal vez se podría pensar este comerse a sí misma de la mano de un paralelismo con el comer y metabolizar el alimento. El objeto comida con la deglución se desintegra; de cierta forma esto viene a representar el sujeto anoréxico y la pulsión de muerte, un comer nada y así adelgazar, desaparecer, morir incluso. Es en un segundo momento que esta reconocida mujer logra alcanzar algo de la simbolización a través de su libro. Según relata ella misma, le ha sido terapéutico.
Finalizando, y luego de este recorrido a través de diversos aportes teóricos y de la conceptualización de la creencia en Ana y Mía o como bien dice la Revista Rolling Stone (2006) del Anaísmo, es importante rastrear los interrogantes que vayan surgiendo. Algunos de estos interrogantes me movilizaron a esta producción y recorrido y otros permanecen aún como preguntas retóricas. ¿Cómo construir -en análisis- ciertos diques al goce? ¿Qué condiciones tendrían que darse para que se construya una demanda de análisis? ¿Hay posibilidad de cura ante estos síntomas actuales? Tal vez tenga ciertas respuestas tentativas a estos interrogantes, pero creo que es la práctica misma la que posibilitará un acercamiento distinto a estas posiciones subjetivas, más allá de lo teórico. Quizás solo de la mano de pacientes, aprenderé algo de ello y responderé tal vez algunas incógnitas, sin embargo estoy segura de que nuevas preguntas aparecerán y no todas se van a responder. En definitiva de una manera u otra se trata de lidiar con la falta.
BIBLIOGRAFÍA
·         Carrero Moreno, A (2011). “La subjetividad en la anorexia y la bulimia a través de las comunidades virtuales Pro Ana y Mía. Una mirada desde el Psicoanálisis”. Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura. Bogotá D.C. Colombia.
·         Cascini, A (s/f). “Cerrar la boca”. Bs. As. Material del curso Clínica de Bulimia- anorexia. Campo de Psicoanálisis. 2014.
·         Freud, S (1907).Los actos obsesivos y las prácticas religiosas”. En Obras Completas Ed. Biblioteca Nueva. Madrid. España. 2013, 1335- 1342
·         Lacan, J (1938). “Los complejos familiares en la formación del individuo”. En Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, 33-96
·         Recalcati, M (2004). La última cena: Anorexia y Bulimia. Ediciones del cifrado. Bs. As. Argentina.
·         “Testimonio de una adolescente absorbida por la anorexia y la bulimia”. Visto el día: 12/011/14.
·         Ortelli, J (2006). “Ana y sus hermanas”. Revista Rolling Stone. Visto el día 12/11/14.

Disponible en: http://www.rollingstone.com.ar/802315

El suicidio como enigma

El suicidio como enigma
Ps. Soledad Ruiz – Mat. 6848

El suicidio es un acto por el que un sujeto se provoca la muerte. Ahora bien, ese sujeto ¿toma esa decisión de manera deliberada?
El suicidio provoca el enigma en su grado máximo, no podemos dar cuenta de él. No hay recursos simbólicos ni imaginarios que nos permita entender la causa que lleva a un ser humano a quitarse la vida. El acto suicida provoca esa angustia radical del sinsentido en aquellas personas que sufrieron una pérdida de este tipo.
Juan Carlos Pérez Jiménez en su libro “La mirada del suicida; el enigma y el estigma” dice; “Nuestra humana incapacidad para entender un acto tan radical es precisamente lo que nos mantiene vivos… El suicidio no es solo una forma de morir, es una acusación. Y en la incapacidad para replicar con la que nos deja el suicida radica la clave de la potencia del acto. El desamparo es absoluto en tanto que se plantean preguntas que jamás obtendrán respuesta.”
Lo que Freud llamaba el enigma del suicidio, en momento ya avanzado de su obra, se reduce a que, de las múltiples significaciones que el análisis encuentra, no puede hacer de ninguna de ellas la significación privativa del suicidio.
No puede haber una teoría psicoanalítica del suicidio (otra cosa es una interpretación), y en tanto el analista no construye un saber sobre el otro, sino que está implicado en una práctica que procura dialectizar las relaciones del sujeto con los significantes de su historia, ¿cómo dejar de introducir los nombres propios? Pero al revés, basta mencionar alguno para que la significación que pueda despejarse sea inherente a los valores que estructuran ese nombre como historia. Y sin embargo, cuando el suicidio es un acto en el sentido estricto que Lacan le asigna, resulta un retorno de lo que el mismo Lacan define como operación del nombre propio.
En “Más allá del principio de placer” Freud plantea que el aparato psíquico tiene como tarea fundamental reducir al mínimo la tensión, queda subsumido a la pulsión de muerte, es decir, a la tendencia general de los organismos no ya a reducir la excitación vital interna, sino a volver a un estado primitivo o punto de partida: a la muerte.
Freud plantea que más allá del principio del placer está la aspiración al reposo y la muerte eterna. La pulsión de muerte es un concepto que fue constantemente reafirmado por él hasta el fin de su obra. Con esta nueva teoría de la mezcla y desmezcla de Eros y la pulsión de muerte, Freud es capaz de explicar una variedad de manifestaciones clínicas, como la conducta agresiva, la autodestrucción, la ambivalencia, el sentimiento inconsciente de culpa y la reacción terapéutica negativa. Siempre que haya mezcla pulsional, la pulsión de muerte será llamada pulsión de destrucción (cuyo camino es marcado por el odio) y se regirá bajo la égida del principio de placer. La mezcla pulsional tiene que ver con la trenza que se da entre pulsión de vida y pulsión de muerte. Y en la desmezcla también podemos situar un goce que puede llegar a ser mortífero.
El deseo de muerte está ligado a la agresión que alguien ejerce sobre sí mismo, en un acto que parece pretender terminar con un sufrimiento intolerable para el sujeto.
El acto, en cualquiera de sus formas, se sitúa por fuera de la dimensión del lenguaje. Es decir que la angustia no puede ser tramitada por la vía del síntoma o por el pensar.
Lacan habla del pasaje al acto pasaje al acto, como un movimiento de salida de la escena, suponiendo el sujeto que no hay Otro que lo sostenga en su angustia. Hay un intento de salida de la red simbólica hacia lo real, como en la fuga y el vagabundeo. Lacan lo caracteriza, en su Seminario 10 como “...salida vagabunda al mundo puro...”.
 En el pasaje al acto suicida, el sujeto intenta liberarse de los efectos del significante y lo logra con su muerte, porque el único acto exitoso, dice Lacan, es el acto suicida logrado o consumado.
Lacan en el Seminario 5 dice, “Él (el sujeto) es abolido, es más signo que nunca, por la sencilla razón de que es precisamente a partir del momento en que el sujeto está muerto que se vuelve un signo eterno para los demás, y los suicidas más que otros. Es precisamente por eso que el suicidio tiene a la vez esa belleza aterradora que lo hace tan terriblemente condenado por los hombres, y esa belleza contagiosa que hace que las epidemias de suicidios sean algo que en la experiencia es todo lo que hay de más dado y de más real”.
Se podría pensar que la muerte propia es muerte de Otro, porque con lo que se propone terminar a través del acto es con la palabra que provoca angustia o desesperación o deja al sujeto en la más desvastadora o mortífera desolación. “No querer saber más nada…”, “no querer escuchar”, o “no querer pensar más” es lo buscado en el intento de suicidio, desde las expresiones que en la clínica encontramos en entrevistas con sujetos que recurren al acto que por alguna razón falló y no llegó a la muerte.
         Continuando con esa línea de pensamiento, Lacan en cuanto al tema, sostiene que en el intento de suicidio el sujeto pretendería rechazar el lugar simbólico en el cual el Otro lo ubicara. En el pasaje al acto suicida habría desestimación de la red simbólica a través de la acción, desprendiéndose del lazo social, quedando el sujeto como puro objeto, cayendo como objeto a, como resto.
         El suicida pretende escapar de ese Otro que lo ubica en una trama simbólica. Escapar a través del pasaje al acto, separarse de ese Otro con su propia muerte, ofreciendo su desaparición como sujeto, con un contundente “¡Basta!”.

Bibliografía:

Freud, S. (1920/1985). Más allá del Principio de placer, Obras Completas, tomo XVIII. Argentina. Editorial Amorrortu.

Lacan, J. (1957): Seminario 5. “Las formaciones del inconsciente”. Bs. As. Editorial Paidós.

Lacan, J. (1962): Seminario 10. “La angustia”. Bs. As. Editorial Paidós.

Pérez Jiménez, J. (2011): “La mirada del suicida: enigma y estigma”. Editorial Plaza y Valdez.