domingo, 24 de junio de 2012

Duelo y Melancolía: rasgos diferenciales entre neurosis y psicosis


En el texto “Duelo y Melancolía” (1915) Freud realiza una comparación entre el duelo considerado normal y la melancolía que como fenómeno patológico. Freud  sitúa una serie de elementos comunes tales como un estado anímico doloroso, la cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar y una inhibición de productividad.
Ambos cuadros se desencadenan frente a la pérdida de un objeto amado o un ideal. A partir de esta circunstancia, el sujeto emprende un desasimiento de la libido que opera lentamente y como afirma Freud “pieza por pieza”, para recorrer las huellas mnémicas del objeto perdido.
En cuanto a las diferencias, el duelo es definido como la reacción frente a la pérdida de un objeto amado (persona o abstracción). Esta pérdida es consciente y depende de un acatamiento al examen de realidad que afirma que ese objeto ya no existe.
En la Melancolía, el sujeto reacciona frente a la pérdida del objeto de amor sin acatar el examen de realidad, por este motivo el yo no se resigna a perder el objeto y esta pérdida es inconsciente (ya que se sabe a quién se perdió pero no lo que se perdió del objeto). En la melancolía el objeto no se pierde, en virtud de una identificación narcisista, es introyectado en el yo (escisión del yo).
El duelo requiere de un trabajo que demanda mucha energía psíquica, pero una vez finalizado, puede darse una sustitución del objeto, por lo cual el yo vuelve a estar libre. Mientras que en este caso se da una pérdida de objeto, en la melancolía encontramos una pérdida en el yo, el yo es condenado por su instancia crítica lo cual provoca una rebaja del sentimiento de sí.
En virtud de una identificación con el objeto perdido, el melancólico presenta un delirio de insignificancia, ya que la pérdida del objeto deviene en empobrecimiento del yo. Este delirio genera autorreproches y autocríticas. Freud afirma que estos autorreproches se disciernen como reproches hacia el objeto de amor pero que, por identificación, recaen sobre el yo ensombreciéndolo.
Un aspecto en común entre la melancolía y la neurosis obsesiva es el importante papel que cumple el conflicto de ambivalencia y los autorreproches.  Freud explica que en la neurosis obsesiva se produce una regresión de la libido a la fase sádico-anal, pero en la melancolía existe otra regresión hacia el narcisismo originario en donde predomina la incorporación del objeto.
Es así que las premisas de la melancolía son: pérdida inconsciente del objeto, ambivalencia y regresión de la libido al yo, donde se produce un pasaje de la elección de objeto al narcisismo.
En la neurosis obsesiva se encuentran identificaciones escasas pero muy fuertes, en cambio en la melancolía existe una fuerte investidura del objeto con una base narcisista pero una escasa resistencia de las cargas, por lo cual la libido retorna fácilmente al yo.
En “A propósito de un caso de Neurosis Obsesiva” (1909), Freud sitúa el estallido de la enfermedad de su paciente en relación al plan familiar establecido para el sujeto. El hombre de las ratas se enferma para no decidir en la realidad objetiva entre la mujer rica o la mujer pobre, estableciéndose un conflicto entre la demanda del padre y su propio deseo.
Como toda decisión implica una pérdida, elegir representa una reanimación de la castración. El neurótico no quiere saber nada de la castración y por eso la reprime. En el caso del hombre de las ratas se observa una dificultad para efectuar el duelo por el padre, ya que estando muerto sigue demandando al sujeto, y aparece como espectro al modo de un muerto-vivo. Los síntomas presentados en el historial revelan los intentos por sostener al padre, evitando la castración por medio de la duda que posterga el acto.
Ya que todo duelo supone una reactualización de la castración, podemos decir que en la psicosis el duelo es imposible. En el Hombre de las ratas el duelo es una posibilidad, pero presenta complicaciones, ya que es un trabajo que nunca termina y se posterga indefinidamente en el tiempo.
Tomando en cuenta la diferencia que establece Freud entre el duelo y la melancolía con respecto al examen de realidad, podemos encuadrar a la melancolía dentro de las psicosis, en donde el mecanismo es el rechazo, repudio o abolición de la castración, la Verwerfung, forclusión según la traducción de Lacan. Dicho mecanismo implica que lo rechazado en lo inconsciente retorna desde el exterior bajo la forma de la alucinación. Según Lacan todo lo rechazado en lo simbólico retorna desde lo real, tal como lo ejemplifica el caso del hombre de los lobos con la alucinación del dedo cortado. Freud utiliza el término de Verwerfung para describir  una modalidad de defensa más radical que la represión, que provoca en el sujeto un desprendimiento de la realidad.
La neurosis como estructura clínica depende del mecanismo de represión de la castración, esta operación está inscripta en el aparato psíquico y funciona como un modelo frente a todas las pérdidas que el sujeto deba tramitar.
En “Inhibición, síntoma y angustia” (1926), Freud define la castración como la primer pérdida no empírica capaz de resignificar las pérdidas anteriores e inscribirlas retrospectivamente (placenta, pecho, heces, voz, mirada, falo), por esta razón afirma que toda angustia es de castración.
Según Lacan, por castración se entiende el registro de una falta que funciona  a modo de reserva para el sujeto. Como operación, hace posible la diferencia de los sexos y condiciona la forma en que el sujeto se relaciona con la realidad.
Tal como describe Freud en “Neurosis y Psicosis” (1924), se trata de conflictos diferentes: en la neurosis existe un conflicto entre el yo y el ello, mientras que en la psicosis el conflicto reside entre el yo y la realidad.
En “Pérdida de realidad en la neurosis y Psicosis” (1925), Freud especifica que en la melancolía surge un conflicto entre el yo y el super yo, entendiendo a éste último como aliado del mundo exterior, diferenciando el caso de la neurosis obsesiva en donde se trata de un conflicto entre yo y el super yo considerando a esta instancia como aliada del ello.
“Duelo y Melancolía”, es un texto en donde Freud prosigue elaborando la teoría de la identificación. Sitúa aquí el rasgo diferencial más importante en cuanto a los recursos de que dispone el sujeto para enfrentar la pérdida de los objetos amados. En el duelo, funciona la identificación al rasgo que supone la pérdida del objeto y luego la introyección de un rasgo que testifica dicha pérdida. En la melancolía funciona la identificación al objeto perdido por incorporación de acuerdo con la fase oral canibalística, lo cual desencadena una lucha permanente dentro del yo que es tratado como un objeto por el super yo.
En la neurosis ante la muerte del objeto, el sujeto reacciona con el duelo y puede quedar detenido, en la psicosis se produce una muerte del sujeto como sujeto deseante. Tal como escribía Schreber en su libro “Memorias de un enfermo nervioso” (1903), durante el estallido de la psicosis el mundo estaba lleno de hombres muertos, “hechos a la ligera”. El crepúsculo del mundo representa el fin de la estabilidad que el sujeto ha tenido hasta entonces, y es vivido por Schreber como un desgarro en cuerpo y alma. Desgarro que repercute en los lazos sociales y por lo tanto afecta el lenguaje dando lugar a neologismos, palabras en desuso y frases interrumpidas.
Tal como afirma Freud en el caso Signorelli, la sexualidad y la muerte son traumáticas por no tener inscripción psíquica. Frente a esta falta de inscripción, Lacan elabora el registro real y sostiene que a lo real se le debe dar un tratamiento mediante el lenguaje, la ficción (fantasma) y el nombre.
En este sentido, el análisis puede considerarse un llamado al sujeto del discurso para que comience a dar razones de sus síntomas, y ponga nombres a aquello que no lo tiene, como la muerte. Un análisis implica múltiples duelos por objetos que deben perderse para acceder al deseo.
En el caso del hombre de las ratas, Freud recorta una representación obsesiva como fuente de padecimiento “si tengo el deseo de ver a una mujer desnuda mi padre morirá”. El deseo de ver mujeres desnudas conlleva la muerte del padre, por lo tanto genera sentimiento de culpa y necesidad de castigo (el sujeto padecía de impulsos, temores y prohibiciones enlazadas al hecho de sentirse un “criminal”). Se da un conflicto entre el yo y las mociones pulsionales, por lo tanto, lo displacentero para el yo es placentero para el ello, a partir de lo cual funciona el super yo como una instancia feroz y arbitraria que impulsa al sujeto a expiaciones, rituales y ceremoniales para que las representaciones obsesivas no afloren a la conciencia.
En Schreber aparece primeramente una idea aislada en duermevela “que lindo es ser una mujer en el momento del acoplamiento” que el sujeto vive con total perplejidad y extrañeza. Freud relaciona esta idea con un avance de pulsión homosexual que conlleva la transformación en mujer. Luego esta idea se convierte en una misión redentora (delirio) que consiste en transformarse en mujer para crear hombres nuevos y devolver al mundo la bienaventuranza perdida. Este “empuje a la mujer”, como enuncia Lacan, encierra cierta voluptuosidad pero no se trata de una sexuación desde la castración. Se trata de una feminización que no involucra una toma de posición del sujeto como hombre o mujer. Por el contrario, Schreber se ve llevado a ser la mujer de Dios para acceder a la paternidad (crear hombres de espíritu schreberiano).
Por lo tanto, lo que en la neurosis se formula como una pregunta frente a un saber que no se sabe, en la psicosis se presenta como certeza. Mientras que una alucinación o un delirio en la neurosis representa un agravamiento del cuadro, en la psicosis el delirio funciona como un “parche” (cuarta pata del taburete en Lacan, camino alternativo que compensa la falta de una carretera principal) que intenta restituir los lazos con el mundo exterior mediante una neo-realidad.
De acuerdo con las diferencias planteadas entre neurosis y psicosis a partir de las formas en que reacciona un sujeto frente a las pérdidas, es posible incorporar el planteo de Lacan sobre el mecanismo de defensa en las psicosis.
El desencadenamiento de la psicosis de Schreber se produce cuando surge una demanda real a la que el sujeto no puede responder por carecer de un significante primordial que es el significante nombre del padre. Esta demanda tenía que ver con asumir el cargo de presidente del tribunal de apelaciones, alguien que hace las leyes. Cuando el sujeto es convocado a responder desde una significación relacionada con la paternidad, se encuentra con una carencia simbólica. Como el significante nombre del padre representa la prohibición del incesto, su implantación es resultado del complejo de Edipo.
El final del complejo de Edipo reside en perder los objetos incestuosos y emprender una nueva elección de objetos no prohibidos. En la psicosis no habría registro de las pérdidas (castración), por lo tanto los objetos no funcionan como parciales.
Freud en el caso de Schreber habla del sol (los rayos divinos, ver el sol sin lastimarse los ojos) como un sustituto del padre, que deviene en Dios y aparece como una presencia permanente, omnipotente que hace y deshace al sujeto. Este sustituto del padre es un Dios que no conoce de los vivos, de la providencia; por lo tanto no es un padre donador, de la ley edípica, sino un padre que goza.
Desde sus primeros textos, Freud describe los mecanismos de defensa posibles ante el avance de una representación inconciliable. En el caso de la neurosis, la represión produce un divorcio entre la representación y el afecto, lo reprimido en el interior retorna como síntoma.
En las psicosis la desmentida produce una abolición de la representación y el afecto, como si no existiesen. Lo interiormente rechazado, retorna como delirio desde el exterior.
El sujeto melancólico se reconoce como culpable y no lo cuestiona (certeza), la muerte del objeto lleva a la muerte del sujeto. En el caso de la neurosis es posible ponerle alguna cara a la muerte, simbolizar la muerte como castración en el aparato psíquico, por eso el obsesivo puede preguntarse “estoy vivo o estoy muerto?”.
De acuerdo con las bases del psicoanálisis como un método de investigación y cura, se puede concebir al análisis mismo como un duelo por su función subjetivante. El duelo como un trabajo con el recuerdo, permite la reelaboración y le da una chance al sujeto de no repetir. El análisis llevaría al sujeto a encontrarse con su propio deseo y a saber lo que perdió de los objetos que hasta el momento no podía perder. Esta reelaboración del pasado olvidado no es ajena a la castración, por lo tanto, no es sin angustia.

Bibliografía Utilizada:
S. Freud. Obras Completas. Amorrortu Editores. Bs. As. 1998.
“Duelo y Melancolía”
 “Pérdida de realidad en la neurosis y Psicosis”
“Neurosis y Psicosis”
“El yo y el Ello”
“Inhibición, síntoma y Angustia”
“Introducción del Narcisismo”
“Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente”
“Análisis de Un Caso de Neurosis Obsesiva”
J. Lacan. El Seminario. Paidos. Bs. As.2009.
Seminario III. “Las Psicosis”



El sujeto en psicoanálisis


Como punto de partida, podemos decir que el psicoanálisis no es una psicología de la superficie, y que por lo tanto, no trabaja con un individuo al que habría que adaptar. El psicoanálisis como “psicología de las profundidades” inaugura una concepción de sujeto que tiene consecuencias epistemológicas.
Freud le otorga un lugar epistemológico a lo que la medicina no podía curar, lo que la ciencia no podía explicar, lo que la psicología académica dejaba por fuera: el sujeto del inconsciente. El sujeto en psicoanálisis es dividido, sexuado, deseante, del inconsciente.
La gestión freudiana descubre en lo inconsciente el valor de fuente y causa de los procesos psíquicos, haciendo que lo “irracional” se transforme en material de análisis. A modo de contracorriente, el psicoanálisis invita a respetar la letra, escribir el error para descifrar su sentido pleno. Elevar la equivocación a la categoría de elemento útil es ya una transgresión epistemológica que devela una confianza en la verdad inconsciente.
En el marco de las teorías de la subjetividad humana, la originalidad del psicoanálisis consiste en alojar la singularidad del sujeto y orientarla en la búsqueda de las causas. Epistemológicamente, la verdad se localiza en el sujeto. Podríamos encontrar cierta similitud con el planteo filosófico del hinduismo, con la salvedad de que el sujeto del inconsciente no tiene nada de espiritual u ontológico, es más bien un sujeto histórico que desconoce sus propias marcas.
C. Soller describe al psicoanálisis como “una terapia que no es como las otras”, afirmación que podemos fundamentar si recordamos la modalidad de funcionamiento del discurso psicoanalítico. Este discurso, es diferente por tomar aquello que los demás discursos rechazan. Podemos ser aún más explícitos y decir que el psicoanálisis es un discurso que está para alojar lo que los demás no curan. Lo que no tiene cura es el deseo y la falta de relación sexual. El psicoanálisis presta un espacio para que “lo incurable” sea simbolizado e imaginarizado, para que lo rechazado se integre de algún modo a la historia del sujeto.
La concepción de sujeto en sentido psicoanalítico aún genera asperezas al momento de interactuar con otros discursos y/o disciplinas relacionadas con la salud. Sabemos que Freud intentaba hacerle un lugar al psicoanálisis en el ámbito médico, estableciendo los rasgos diferenciales de cada abordaje y abriendo a la posibilidad de trabajo conjunto, digamos  interdisciplinario.
Decía que la invención del psicoanálisis tuvo como efecto la creación de un lugar para el sujeto del inconsciente, aquello que no cuadra con la razón y la lógica positivista. Por este motivo, el dispositivo analítico representa un lugar diferente a los lugares institucionales que poseen cierta oficialidad acorde con la lógica de la razón. En la escuela, la familia, el trabajo, no hay un lugar para el sujeto del inconsciente. Estos lugares se ocupan en relación a las “redes del poder” como afirma Foucault, el que habla y el que escucha, el que enseña y el que aprende, el que dictamina y que obedece, etc.
El psicoanálisis produce una inversión, ya que el analizante es el que habla y el analista es el que escucha, precisamente porque el lugar del analista no es un depósito de saber científico. Por otra parte, el espacio psicoanalítico introduce otro tiempo diferente al tiempo de la clínica médica, la oficina. En este sentido el dispositivo no puede aplicarse de cualquier manera y en cualquier lugar.
Nuestras intervenciones a nivel social se encuentran limitadas no solo por la transversalidad institucional al decir de R. Lourau, sino también por la misma concepción de sujeto con la que trabajamos. La renuncia a colocar nuestra función del lado de las soluciones mágicas y homogéneas nos impide trabajar a nivel de las generalidades de las grandes masas. La elección de una psicología de las profundidades lentifica el cambio de las superficies, cambio ansiado en una época que privilegia la rapidez y la eficiencia.
En estos puntos que delimitan el terreno del psicoanálisis, situamos el inconveniente y la apuesta. El hecho de que no sea una ciencia genera descalificación en el ámbito de saber científico, pero por no ser una ciencia, calificamos al psicoanálisis como método eficaz.


Ps. Paula Lucero

viernes, 8 de junio de 2012

Subjetividad y Discurso

El origen del psicoanálisis se produce a partir de la imposibilidad de la ciencia de hacer algo ahí con las histéricas que deambulaban de médico en médico hablando y hablando de sus síntomas, de sus sufrimientos. Momento particular de la modernidad que posibilita determinada fenomenología de la estructura histérica. También posibilita que sean escuchadas de otra manera a partir de Freud. Discurso moderno que estructuraba la sociedad de una forma particular y definía los modos de lazo social, discurso que estructuraba, daba, restringía, posibilitaba e impedía lugares y las relaciones entre estos. Si ocurren modificaciones en ese discurso estructurante, se producen modificaciones en todo lo que este determinaba. Ahora bien, que son modificaciones en un discurso en los términos que estamos tratando? Según varios autores, la modernidad ha terminado su mandato, otros dicen que se encuentra en su período de declinación, lo cierto es que todos coinciden en los efectos que se produjeron a partir de ya sea la declinación o su término, y esto es la profunda crisis que se produjo en las instituciones. Globalización, los estados pierden su poder legitimador, las instituciones no encuentran garantes que las sostengan y quedan tapando baches a falta de horizontes. Según los epistemólogos que plantean un sistema lineal y continuo de conocimiento, se trataría del consecuente progreso, esta sería una etapa superadora de la anterior. Según los que plantean saltos o quiebres epistemológicos se trataría del agotamiento de lo que un discurso puede producir dentro de su  marco, es decir que hay algo a lo cual no responde, que no puede responder y ha agotado las posibilidades de encontrar solución o respuesta a eso que insiste, puja desde, hay que decirlo, lo real. Es necesario entonces cambiarle las gafas a Kant y volver a echar un ojo. Esto produce toda una reorganización del saber pero sobre todo de la producción de saber y en rededor de este modo de producción de saber se organiza, como un pueblo rodeando las fábricas, la estructura social que no es otra cosa que la estructura de producción de saber. Los modos de producción son los de producción de un saber.
Ahora bien, si la modernidad había posibilitado ese dolor de muelas que fueron las histéricas, ¿Qué produce esto que se llama la declinación o fin del discurso moderno?. Si es posible leer la subjetividad a partir del discurso amo de una determinada época, ¿Cómo podemos pensar las incidencias del comienzo de la estructuración de un discurso, el posmoderno, o el fin del moderno?
Una de las instituciones que Freud toma, como paradigmática, es la iglesia católica, la otra es el ejército. La ilusión, dice, es que hay un jefe y que éste ama a todos por igual, y además que de esta ilusión depende todo. Este jefe es un sustituto del padre, dice Freud y, si esta ilusión se cae, la ligazón que une a la masa con el jefe se cae, y por lo tanto la ligazón que une a los pares cae también. Todo se disipa. Ubíquese en el lugar del jefe una idea, un ideal y el resultado será el mismo. Ese lugar es como el borde de un conjunto que contiene dentro de sí determinados elementos, en este caso – y no en todos los conjuntos – esos elementos comparten un rasgo con ese borde y por ende, entre sí. Pero son los elementos los que hacen que ese borde subsista en tanto este continúe ubicándose en ese lugar de ideal. Un ideal funciona por un lado como una aspiración a concretar y por otro como un mandato ya que de no seguirlo, se estaría por fuera de ese conjunto. Eso hace que la gente se reúna, se junte. Cuando alguien viaja a otro país, sobre todo si se está lejos del propio, el hecho de encontrar a otro que pertenece a su misma nacionalidad hace que mal que mal, se junten un rato a hablar; inclusive se hacen lugares físicos que son puntos de reunión de aquellos que comparten una misma nacionalidad, restoranes, barrios, etc. Por qué un argentino se pone a hablar con otro argentino cuando camina por las calles de París? Qué pasaría si borrásemos ese borde, que en este caso es la nacionalidad? El mito de la torre de Babel puede ser un ejemplo de esto, quedaríamos hablando cada uno de lo suyo, sin lograr entendernos. Eso es lo que pasa cuando un borde se borra, lo que contenía se disipa. Pero el pensamiento es en sí mismo religioso, por lo que eso que se disipa tiende a agruparse siempre nuevamente, casi como un grito desesperado de angustia. El pensamiento también, decía Lacan, es paranoico, y está inextricablemente unido al lenguaje, la lengua, y  lo que subyace es la causa y la causa se catapulta al ideal. Es la pregunta por el origen. Y del origen sólo podemos hablar, neciamente. Por lo tanto lo que se llama el fin de los ideales, en todo caso será un ideal más.
Sabemos que es lo que pasa cuando un borde, el jefe, un ideal cae, pero qué es lo produce que eso se quiebre, que eso caiga? Qué provoca esa falta de fe, ese descreimiento? ese descreimiento que cae en cascada, como efecto dominó, a todo aquello que estaba garantido? No se trata acá de un ateísmo que desate la sumisión a un mandato. El malestar. En principio se puede pensar que aquellos que están como representantes de ese ideal actúen en forma contraria a ese ideal pero eso no provocaría el descreimiento del ideal. Solo si se confunde ideal con representante sucede esto. Los dioses siempre habían estado del otro lado del telón.
La desestimación no es una operación estructural, no define una estructura, es una operación que se da en la neurosis, pero produce una modificación en la estructura neurótica, cualquiera sea. Habrá que ver como incide en cada una de las neurosis. Tampoco es un trauma en el sentido analítico del término. Consiste en una suspensión parcial de los efectos del Nombre del Padre, significante que produjo en el tiempo lógico su marca. Esto es inmodificable, pero por determinadas razones, puede actuarse como si se tratase de una marca obsoleta, tiempo eterno.

Ps. Matias Zárate

jueves, 7 de junio de 2012

La teoría de los Cuatro discursos

La teoría de los cuatro discursos en Lacan tiene sus bases en la célebre fórmula “el inconsciente es el discurso del Otro”, esto significa que el inconsciente es el efecto de la palabra, del lenguaje sobre el sujeto; o podemos decir también que si un “viviente”, un sujeto de la necesidad no entra en el lenguaje para ser tomado por él, no tendría un inconsciente.
Esta teoría resulta de gran utilidad a la hora de realizar una lectura del malestar posmoderno y así poder diferenciarlo de otras épocas. Esta diferencia parece recaer más sobre la forma de presentación del padecimiento, que delata la participación de la naturaleza de nuestra cultura actual.
Lacan define al discurso como un lazo social basado en el lenguaje, por esta razón es transindividual y de naturaleza intersubjetiva. Un discurso no se refiere solamente a una serie de enunciaciones efectivas sino fundamentalmente a cierto número de relaciones estables. Los cuatro discursos son articulaciones posibles de la red simbólica y regulan de distinta manera las relaciones sociales. Cada discurso depende de la posición que los elementos simbólicos ocupen en el aparato. El aparato del discurso tiene cuatro lugares posibles en donde se ubican cuatro términos.
Asimismo, existe una vectorización que condiciona la relación que se establece entre los términos, como sucede en el discurso del amo, la verdad no se conecta con el producto y allí existe una doble barra.

Los lugares: 

Agente                                                  Otro
Apariencia o semblante                       Trabajo
                                                            Goce
Verdad                                                Producto
                                                           Plus de goce

-Los términos:

S1: significante amo
S2: cadena de significantes, saber
a : objeto a, referido a una pérdida de goce
$: sujeto barrado, dividido


El discurso del amo:
En S1 se apoya la esencia del amo antiguo, el apoyo del amo es su identificación  al nombre de amo y no su deseo. Esta identificación sostiene su deseo o su voluntad. Lacan relaciona este discurso con la filosofía en tanto entra en juego un saber, campo del esclavo en S2, que le es expropiado al esclavo por parte del amo. El saber en cuestión es un “saber hacer” artesanal que puede articularse como episteme y ser transmisible. Al amo no le interesa saber, sino que la cosa funcione, no se hace preguntas (tiene el saber del esclavo) y aspira a que el saber haga totalidad, por eso el discurso del Psa es el reverso del discurso del amo.

El discurso Universitario:  
Este discurso ejemplifica el paso del amo antiguo al amo moderno. Se produce un cambio en el orden del saber, ya que S2 en el lugar de agente se constituye como “todo saber”, ya no interesa como antes el saber del esclavo para que el amo lo tome, sino que el saber ya es un saber del amo. El amo se vuelve anónimo, está en todas partes y pretende que el sujeto sea un producto en tanto sujeto que piensa. El estudiante trabaja para producir algo y en el lugar de la verdad hay un imperativo de seguir sabiendo. Paralelamente, queda reprimido lo que antes era visible: la sumisión del esclavo con respecto al amo.
Sobre este discurso se apoya la ciencia, ya que la verdad se formula como un imperativo.

Discurso de la Histérica:
Un sujeto se dirige hacia un amo orientado por el deseo de saber. Lo que domina en el lugar de agente es el síntoma, dice Lacan que el histérico es el Icc en ejercicio. En este discurso se mantiene la pregunta por la relación sexual, se pregunta como es que se sostiene. Por eso se apela a otro. A diferencia del esclavo, la histérica no entrega su saber, desenmascara al amo. La experiencia analítica transcurre a este nivel discursivo, ya que el síntoma se pone en causa.

Discurso del Analista:
La función de este discurso es llevar el saber al lugar de la verdad.
Aquí el analista es el amo bajo la forma de a, resto rechazado por los otros discursos, por este motivo, este es un discurso que puede dar cuenta de los otros tres. Se trata de un discurso no oficial, sino oficiante del no-todo; como a es causa de deseo y se dirige al $, el resultado es una producción de significantes S1 y un saber sobre la verdad.
Para que haya discurso es necesaria una pérdida y renuncia al goce. A partir de este vacío en la causa, mediante el discurso se tratará de leer la realidad situando algo que suture esa falta, cada discurso “hace” algo con ese vacío.


Lacan suma a estos cuatro discursos una variante que, estructuralmente, no podría ser enmarcada en la definición misma de discurso.  Se trata del discurso capitalista, variante del discurso del amo. Se produce una inversión entre el $ y S1, cambia la vestorización y desaparece la barra que separa el lugar de la verdad con el lugar del plus de goce. En cuanto a la formación del discurso capitalista, está determinada por la intervención de la ciencia en el discurso del amo.
La ciencia como mercado del saber, acumula verdad científica y se pone al servicio de la acumulación del capital. Por eso el mercado del saber y el mercado del goce son solidarios en la medida en que la ciencia produce tecnología, objetos de consumo posibles. Dice Lacan: “el saber vale”.
Si decimos con Lacan que la ciencia (y por ende sus productos técnicos) excluye al sujeto, sería de esperar que opere en relación a esta pérdida con el fin de tapar, o velar al menos, dicho vacío. Si la ciencia forcluye al sujeto, el capitalismo forcluye la castración.
En el discurso capitalista, el S1 anda solo, no se articula a S2 como saber inconsciente. El S1 separado de la cadena significante introduce las condiciones de goce sin representar al sujeto, tal como podemos observar en las adicciones por ejemplo.
En este sentido la teorización del "discurso capitalista" facilita herramientas para pensar los nuevos síntomas que, si bien  cada caso es singular, poseen como factor común la inclinación al actuar impulsivo, el borramiento del sujeto, la pobreza metafórica y la dificultad a la hora de establecer la relación transferencial.